Matar, rezar, reír

Hace un año y medio tomé una de las decisiones más importantes de mi vida. Decidí que ya era hora de volver a hacer cine documental y comprometerme. Dejar de vender y venderme. Decidí además que había llegado la hora de exponer uno de los aspectos más repugnantes de mi país: la tortura animal en las fiestas de los pueblos y ciudades en honor de los santos y vírgenes. Pero quizás lo más importante fue descubrir cómo quería contarlo. Tras 12 meses de rodaje en secreto con un comando de profesionales de primera hemos empezado a desvelarlo todo. Os presento Santa Fiesta.

Me tomo un descanso mental para escribir estas líneas en medio del ruido ensordecedor de la campaña de crowdfunding que hemos lanzando en la plataforma estadounidense IndieGogo como instrumento de microfinanciación. Para poder sacar adelante el film hemos recurrido a esta herramienta de empoderamiento en la que creo firmemente, y que ahora me toca vivir en primera persona. Tiene además todo el sentido para Santa Fiesta ya que es una producción que hemos puesto en pie sin ninguna subvención y sin la participación de televisiones públicas o privadas. ¿Cómo se puede concebir que las instituciones que apoyan una maquinaria de muerte y espectáculo de sangre como las corridas de toros vayan a proporcionar los medios necesarios para producir este documental? Esta película sólo puede existir desde la más estricta independencia, pero con el acompañamiento de la gente. Como espectadores, como productores, como facilitadores de un historia que no puede esperar más.

Los españoles somos un pueblo salvaje, embrutecido e ignorante. Es duro y se me encoge el corazón al decirlo, y no por un patriotismo de pamplinas ni por orgullo de tifoso herido que no ve más allá de sus colores. Me duele aceptar esta condición porque es mi sitio en el mundo, así como el de mi familia y amigos. Ese amor realista es el que me impulsa a trabajar por un cambio revolucionario que se debe hacer en contra de la mayoría, lo que en otra época y lenguajes se llamaría “liberar”.  Me estoy refiriendo a esa mayoría de 25 millones de españoles que según la Conferencia Episcopal española participa en festejos populares religiosos (en 2012) y por lo tanto son cómplices como católicos practicantes en bendecir la tortura y muerte que se ejecuta en esos festejos. El cura del pueblo bendice, se pasea en hombros la figura de Jesucristo, o bien el Santo patrón de localidad, o bien la Virgen en cualquiera de sus mutaciones, y se procede al festejo de sangre y tortura. Así hasta sumar 16,000 festejos populares en los que se que llegan a contabilizar 60,000 muertes (en estimaciones de organizaciones como Faada). Pero es que solamente hay cifras oficiales del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte acerca de “Asuntos Taurinos” en cuanto actividades económicas, es decir las que ejercen ” profesionales taurinos, empresas ganaderas de reses de lidia y escuelas de tauromaquia”.  Según la Estadística de Asuntos Taurinos 2010 – 2014 (descargar aquí) publicada por aquel ministerio de cuyo nombre no quiero acordarme, solamente en 2014 se celebraron 1868 festejos taurinos (corridas de toros, rejones, novilladas, becerradas y toreo cómico). Teniendo en cuenta que lo habitual es que se empleen seis toros por evento en un año se torturan y matan públicamente 11208 toros. Lo que este informe oculta explícitamente es las subvenciones que se proporcionan a entidades privadas para esta actividad sanguinaria. Lo tuvieron que investigar Los Verdes del Parlamento Europeo quienes en Enero de 2013 difundieron el informe Toros & Taxes (para descarga aquí) en el que se revelaba que los subsidios de diferentes entidades públicas se eleva anualmente a 571 millones de euros y nada menos que 130 millones desde la Unión Europea. Pero, entonces… ¿hasta donde llega este holocausto?

Las cifras son demoledoras e insostenibles. Pero lo más doloroso es asistir al consentimiento activo de la Iglesia en todos sus niveles hasta el mismísimo Papa, burlando lo que dictan las Sagradas Escrituras y el propio Jesuscristo. Por cobardía, mezquindad e interés material. Resulta indignante el terror con el que los alcaldes y las corporaciones recortan gastos en otras partidas para mantener las fiestas de sangre, por temor a ser linchados por sus paisanos más virulentos. Y desde luego que me repugna profundamente la manera en que cientos de miles de españoles, de pueblos pequeños y grandes ciudades, se vuelcan a gritar, reír y aplaudir el apuñalamiento, acoso, descabezamiento, ahogo, desmembramiento de animales vivos y muertos para festejar su embrutecimiento. Casi 200 animales al día son destrozados por diversión, ocho muertes terribles cada hora.

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¿Puede una película acabar con este horror?

En el momento que puse rostro a la barbarie, el de curas, obispos, alcaldes, policías y paisanos entregados a un festín de muerte, rezos, bailes y vino, entendí que ésta no era una película de entrevistas. No hay nada que escuchar en boca de unos salvajes infectados de locura, una corrupción política que se salta nuestra Constitución Española, la Carta de los Derechos  Humanos, los Derechos de los Niños (obligados a participar en este festival de la muerte) y los propios Derechos de los Animales, y que argumenta “tradición” del mismo modo que lo hacían los linchadores de esclavos y ciudadanos negros en Estados Unidos hasta hace menos de 50 años. Nada hay que hablar con esas gentes que amenazan, pegan, escupen a las voces críticas de sus aquelarres. Sólo hay que retratar la verdad de lo que sucede. Y lo hemos logrado.

Santa Fiesta ha viajado por la geografía española para resumir en doce festejos la variedad y el arraigo de la tortura animal en nombre de Dios. Hemos filmado a los animales, personas no humanas que habitan en mayoría el planeta que compartimos, y hemos documentado horrorizados su abuso y muerte. Descabezados en Carpio y Lekeitio, transformados en bolas de pelo arrojadizas en Puig, en vehículos atraviesa fuegos en San Bartolomé, en protagonistas de linchamiento y lenta muerte a golpe de lanza en Tordesillas, arrastrados por las calles con la lengua fuera en Benavente, sometidos ante una figurilla santificada en Ohanes, empujados y ensordecidos en Villanueva, perseguidos y atrapados como pelotas de goma en Sagunto… Pero nos hemos retratado como nación, mirando, aplaudiendo, bailando y riendo. Para que quede bien claro. Porque ahora lo vamos a mostrar a todo el mundo en un lenguaje universal e indiscutible: imágenes y sonidos. Nada más.

Contemplo el inicio de un proceso en el que la película documental irá tomando forma y comparto sobrecogido los primeros resultados. Estamos buscando unirnos con la buena gente de este mundo civilizado, que aún resiste, para hacer un frente común. Ya sabéis: tu calle, tu ciudad, el planeta. El lema del grupo de hip hop De La Soul que algo saben de asaltar los cielos. Empiezan a llegar los refuerzos de toda Europa, de Estados Unidos, de Australia, y el próximo debes de ser tú. No estamos solos y no es un problema de un pueblecito, ni siquiera de España. Es de la raza humana y los terrícolas no podemos seguir consintiendo este genocidio.

 

Fotos: Kike Carbajal

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